¿Cuánto falta para que pase el siguiente autobús?

Desde los tiempos de las cuevas de Altamira todo el mundo sabe que información es poder. El que sabía donde ponerle los cuernos al bisonte estaba mejor considerado en la tribu. El problema fundamental es que también desde los albores de la Humanidad, aquel que posee algo intenta por todos los medios evitar que sus competidores dispongan del mismo conocimiento, porque piensa que ese algo lo diferencia y lo hace imprescindible para su tribu.

Antes, si querías saber qué tiempo hacía para vestirte tenías dos opciones: fiarte de tu instinto o sacar la cabeza por la ventana. Ahora todos tenemos una aplicación en nuestro smartphone que nos informa sobre la temperatura y demás vicisitudes meteorológicas, actualizadas a tiempo real y geolocalizadas en el portal de tu casa.

Este tipo de aplicaciones, que para que negarlo nos hacen la vida más fácil, se han convertido en algo natural. Hasta hay dispositivos que tienen una aplicación que simplemente responde si le preguntas, buscando la información por ti en la red. Hemos subido un escalón cualitativo, porque antes eras más de “pregúntaselo a Google” pero ahora somos del “¿en serio no tienes instalada la app de renfe/ aena/ bus urbano/transporte que corresponda??”.

Nos hemos convertido en una sociedad adicta, yonqui de la información, y cuando no nos dan nuestra dosis diaria o la droga está adulterada, nos enfadamos porque “me parece increíble que alguien no sepa programar esto/ esta app falla más que una escopeta de feria/menuda mierda de información que proporciona/desinstalo ya”. No es recomendable intentar comprar un billete de tren a través de la web de RENFE si ya estás un poco alterado, porque te aseguras que el dispositivo de turno acabe saliendo por la ventana…

En el fondo somos víctimas de la moda, y la moda ahora es que todo servicio público tenga web y aplicación para smartphones; por desgracia también se ha extendido la costumbre de que estas aplicaciones no funcionen bien… servidor ha estado innumerables ocasiones en una parada de bus urbano leyendo en la marquesina electrónica que el bus ya estaba allí, y salvo que fuese el autobús noctámbulo de Harry Potter allí no había nada más que gente cabreada porque no pasaba el puñetero autobús.

Ante este tipo de disfuncionalidades, algunos emprendedores decidieron construir apps alternativas a las oficiales, y que con carácter general funcionaban mejor (y probablemente costaran bastante menos). La respuesta de los responsables “de las apps oficiales” en muchas ocasiones es sacar el mazo y obligar a la retirada “de las apps alternativas”, que por miedo o por desconocimiento de sus creadores acaban finalmente en el olvido.

Pregunta que todo desarrollador debe hacerse cuando tenga una idea peregrina:¿Las concesionarias de un servicio público son dueñas de los datos que se emplean para prestar ese servicio?…

Para variar en España, la ley que regula la reutilización de la información pública es producto de una obligación europea de transposición de directiva. Evidentemente hay datos que aún siendo generados por la Administración Pública no pueden ser accesibles, por ejemplo los relativos a la seguridad nacional, pero ¿qué pasa con todos los demás? Parece un contrasentido que con una obligación europea de publicitar datos y abrir la información al ciudadano, sea luego la propia Administración quien al conceder la explotación de un servicio público permita a las concesionarias que hagan lo que les salga del nabo con los datos del servicio. En pocas palabras: que yo con mis juguetes si pero cuando cambian de manos, entonces no.Menuda gilipollez. Muy absurdo todo.

Tenemos ejemplos todo tipo de servicios, de régimen de datos abiertos y de régimen de datos cerrados, por tanto que sean de uno o de otro estilo es una cuestión de voluntad por parte de la Administración de turno. Así, RENFE o algunos servicios de transporte urbano, tienen su API cerrada y por tanto no se pueden hacer “legalmente” aplicaciones alternativas a la oficial. Todo lo contrario es EMT (Empresa Municipal de Transporte) de Madrid, que ha entendido que cuanta más gente tenga la información con los horarios de los transportes, más gente usará los servicios y permite a todo el que quiera que acceda a los datos. Bien por ellos.

Estas situaciones también dejan al descubierto otra realidad, escondida pero no menos interesante: si un desarrollador puede currarse una app que funciona bien, con los mismos datos o incluso menos que los que hacen una app que funciona mal… ¿quien está interesado en alimentar este sistema?.

En esencia, los múltiples ejemplos de mal funcionamiento de apps de servicios públicos, demuestran que el fin de la existencia de estas apps no es necesariamente facilitar la vida al ciudadano, sino que en muchas ocasiones parece que el objetivo único es poder hacer una rueda de prensa en la que el político de turno diga que la Administración es TIC…por supuesto la demo de la rueda de prensa funciona, pero cuando te la descargues tu pues puede funcionar o no (sí, las apps son gallegas).

Mientras nosotros seguiremos leyendo en la parada del autobús, que es lo que le da calidad a la película.

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